En Sinaloa, subir la tarifa del transporte público nunca es una decisión neutra. Menos aún cuando ocurre en plena Semana Santa, con miles de usuarios moviéndose entre trabajos, playas y visitas familiares. Pero detrás del ajuste de unos cuantos pesos, se asoma algo más profundo: la relación entre poder político y poder concesionado.
El argumento oficial es conocido y, en buena medida, cierto: los costos de operación han subido, el diésel no perdona, las unidades envejecen y el sistema necesita oxígeno financiero. Nadie discute que el transporte en ciudades como Culiacán arrastra años de rezago. El problema no es el “qué”, sino el “cuándo” y, sobre todo, el “para qué”.
Porque en política, los tiempos no son casualidad.
A un año dos meses de la elección de 2027, fortalecer a los concesionarios del transporte no es un movimiento menor. Son actores con estructura, con rutas que atraviesan colonias populares y con una capacidad probada —aunque pocas veces reconocida abiertamente— de incidir en la movilización electoral. No son operadores tradicionales, pero sí engranes funcionales de la maquinaria territorial.
¿Es entonces una cesión? Más que eso: es un ajuste en el equilibrio.
El gobierno no solo evita un conflicto —paros, bloqueos, crisis en plena temporada alta—, también reduce la posibilidad de tener a un actor incómodo en el futuro inmediato. En política local, eso vale más que el costo de unos días de mala prensa. Gobernar también es administrar tensiones, y los concesionarios han demostrado que saben generarlas cuando no se les atiende.
Sin embargo, el riesgo es claro. Cada peso que se le carga al usuario sin una mejora visible erosiona la credibilidad. El ciudadano no vota con la lógica del diésel ni del mantenimiento: vota con la experiencia diaria. Y si el camión sigue tardando lo mismo, fallando lo mismo y cobrando más, el mensaje que queda no es de modernización, sino de abuso tolerado.
Ahí está la apuesta —y el peligro— de esta decisión.
Si las promesas de mejor servicio, unidades dignas y mayor seguridad se materializan, el aumento encontrará justificación con el tiempo. Pero si no ocurre, el costo político no será inmediato… será acumulativo. Y en 2027, cuando las mismas rutas que hoy suben tarifas sean necesarias para movilizar votantes, el recuerdo del usuario podría pesar más que cualquier acuerdo silencioso.
En Sinaloa, como en muchas partes del país, el transporte no solo mueve personas.
También puede mover elecciones.


Deja un comentario